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Manuel Carlos Silva

Economia es intrínseca y eminentemente social y societal en la medida en que es parte  integrante de la sociedad, como refieren vários autores desde Weber (1978/1920) e Max (1974/1867) hasta Boudieu, porque se relaciona con clases/grupos sociales. Por su vez, la economía puede distinguirse de la dimensión de poder, de las políticas del Estado, pero no puede separarse ni dejar de ser analizada y articulada con el poder, tal como lo han hecho Sahlins (1960) y Polanyi (1957/1944), en el última instancia, de los autores clássicos referidos como Weber y Marx. Entonces se puede colocar la cuestión: por qué añadir social y solidaria a economía si esta por definición se relaciona com lo social o societal?

La emergencia del concepto de Economía Social – la cual surgió luego en el siglo XIX y se ha desarrolado en la segunda parte del siglo XX por via de las mutualidades, asociaciones, cooperativas sobretodo desde los años 80 – se ha solidificado no solo gracias al fracaso o a la no realización del alegado equilibrio social derivado de la ley de la oferta y demanda  sino sobretodo debido a la intensa liberalización de la economía bajo el impulso de las teorías monetaristas, designadamente de los gobiernos de Reagan y Tatcher de los años 80 y subsecuente nueva etapa de la globalización o fase del imperialismo. Pero porqué esta deriva (neo)liberal?

La concepción o teoría liberal asume la separación o compartimentación entre la esfera económica y la esfera de la política (Dahl 1989), o sea, mientras la economía se ocuparia de la produción/reprodución, de relaciones de propiedad, de relaciones laborales o situaciones salariales, el poder se circunscribiría a los procesos de dominación, control y gestión estatal sin cualquier relación con la economía. Por otro lado, la teoría de los juegos y estruturo-funcional (Neuman & Morgenstern 1964, Parsons 1988) asumen que los actores sociales son relativamente libres, iguales y autónomos y están en condiciones semejantes para alcanzar sus objetivos ante el Estado, una premissa obviamente falsa relativamente a las diferenciadas condiciones objetivas de vida de los ciudadanos/as e ideológica porque obnubiladora de los conflitos de classe.  Las políticas neoliberales no se ocupan ni preocupan con las personas, designadamente con sus problemas de pobreza y exclusión social. La economía social y solidaria surge porque justamente el Estado se ajena y no da respuesta a los referidos problemas, suscitando la emergencia de de acciones de la sociedad dicha civil, mas concretamente em torno de los sindicatos, asociaciones, cooperativas, entre otras.

Por fin, para los (neo)liberales y, en parte, para los socialdemocratas, dada la relativa autonomia y capacidad operacional del Estado ante las clases o estratos sociales, el estará en condiciones de integrar los indivíduos socialmente diferenciados o en conflito, por lo que el Estado sería un árbitro neutro e imparcial ante los diversos interesses (March y Olson 1989, Dahrendorf 1990). Contrariamente a esta concepción neutral del Estado, los teóricos marxistas tradicionales asumen que el Estado, siendo constituído por un conjunto instrumental de aparatos político-ideológicos, tiene por objetivo la reprodución de las clases dominantes, por lo que hablar de economía social y solidaria en el contexto del capitalismo sería ilusorio y engañador. Jamás el Estado sería un aliado de las estratégias de los proponentes de la economía social y solidaria, designadamente cuando no dirigidos por un  revolucionario partido marxista-leninista.

Si la Economía supone e implica la sociedad, la expresión Economía social visa acentuar la dimensión social y reforzar más aún la relación entre una y outra y articular lo económico con lo social y, este, por su vez, con lo político, lo estatal. Sin embargo, cual sería la dimensión más estruturante: la económica o la política? Esta polémica trae al confronto un subconjunto de teorías: mientras los teóricos de las elites (Pareto 1989) y del poder (Dahrendorf 1990) subrayan la sobredeterminancia de los factores organizativos y políticos en las desigualdades sociales, los teóricos de la estratificación (Davis y Moore 1976), por un lado, y los teóricos de las clases sociales (Wright 1978), por outro, sostienen el primado de lo social y de lo económico sobre lo político-estatal.

Ante estos posicionamentos polarizadores, importa superar dialeticamente viejas oposiciones desnecessarias e inútiles. Hoy no solo weberianos, partiendo de la interrelacion entre lo económico (classe), lo social (status) y el político (el partido), como neomarxistas no economicistas asumen procesos de reversibilidade o convertibilidad de recursos económicos en políticos y vice-versa. Y, com base en este raciocinio, la naturaleza del Estado (conservador, reformador socialdemocrata o marxista) no es indiferente para las diversas clases sociales y sus respetivos intereses, así como el mayor o menor peso de los movimentos sindicales,  ambientales, étnicos, de género y sobretodo territoriales tienen influencia en la naturaleza del Estado y sus propuestas. En efecto, conforme el tipo y la dinámica del Estado, este tenderá a reflejar, agravar o minorar las desigualdades sociales. Y, por eso, si la visión clásica (neo)liberal ideologicamente separa lo político de lo económico para continuar a favorecer los intereses de las clases dominantes, la rigidez de la perspectiva marxista clásica, al fijarse en la estrutura y al subestimar los movimentos sociales de vario tipo en la configuración del Estado, pierde de vista la capacidad de cambio gradual que los proyectos desde abajo (from bottom up) y luchas concretas, aunque parcelares y limitadas, ofrecen como ingredientes necessarios para una tranformación social estrutural más profunda. Por eso, los projectos y luchas centradas en la Economía Social y Solidaria son relevantes en la medida en exigen una articulación de los intereses económicos con la política. Su alcance maior o menor dependerá de la estrategia assumida. O sea, no es la designación de social y solidaria que automaticamente la va hacer más progressista y mucho menos revolucionaria. Esto obliganos a revisitar no solo en concepto de lo social como sobretodo el de solidariedad, porque, como veremos de seguida, son varias las conceciones que reivindican el conceto de solidaridad, pero lo entienden de modo diferenciado, polisémico o incluso antagónico. Más, segundo Queiroz y Gross (1996:5), “el tema de la solidaridad toma en el discurso de ciertos intelectuales y políticos el estatuto de remedio para todas las crises”. En efecto, no hay una concepción unívoca de solidaridad, siendo diversas las premisas, los significados y las políticas conforme los paradigmas teóricos assumidos (cf. Silva 2009: 153 ss).

Sociologicamente, el concepto de solidaridad fue, en primera instancia, tratado por Durkheim (1977) y, por eso, el desarrollo del concepto y de las formas de solidaridad – la mecánica en las sociedades tradicionales y la orgánica en las sociedades modernas – ha sido y es central en la perspectiva durkheimiana en la prevención y eventual superación de la anomía social. En efecto, en una visión organicista y funcionalista, se considera que el cuerpo de la comunidad o sociedad está enfermo, presenta fallas o deficiencias, rechaza ciertos elementos y, por eso, hay que cuidar del cuerpo y reparar la enfermedad; de ahí que sea importante que la cohesión y la solidariedad en esta sociedad vuelvan a imperar pero sin alterarla en sus fundamentos y estructura. Es bien vieja esta visión de la solidaridad que apela de modo recurriente  a tópicos en torno de la partija comunitaria impelida en especial por motivaciones de orden filantrópico, religioso e assistencial.

Hay todavia, un abordaje reformista y/o reformador y corrector de las desigualdades sociales, en un prisma de defensa de los derechos de ciudadanía política e ideologicamente consagrados. O sea, en esta perspectiva, hay la expectativa y el esfuerzo institucional de universalizar esos derechos, de modo a que situaciones extremas de pobreza sean colmatadas por el contributo solidario de los demas ciudadanos cumpridores de sus obligaciones tributarias y otras, compensando los más desprotegidos social y economicamente. En esta óptica, solidaridad tiene, más allá de la componente cívica, una obligación estatal e institucional aplicable a todos los  ciudadanos en situación de pobreza, exclusión y marginalización social. En este sentido, tal como sostiene Paugam (1991), esta conceción, representando un avance en relación a la concepción liberal, asume que son indivisibles los derechos-garantías de la subsistencia y los derechos-libertades.

Por fin, la perspectiva marxista entiende la solidaridad en términos de clase, debiendo las clases trabajadoras en sus organizaciones sindicales y asociativas entreayudarse, tomar conciencia de su posición objetiva y ser solidarias, sea en las luchas a travar, sea en el modelo de sociedad a proyectar. En esta visión los medios de producción debrán ser socializados y el produto o riqueza nacional equitativamente redistribuída en una primera fase socialista en consonancia con el trabajo pero sin excluir nadie de los benefícios sociales (alimentación, habitación, salud y educación); en una fase posterior, será distribuída conforme las necesidades de cada indivíduo. Esta solidaridad tiene ya expresiones diversas en las prácticas sociales, pero se mantiene como proyecto a realizar en el futuro.

En suma, a respecto de la solidaridad, tal como otros conceptos como equidad o justicia, no hay por lo tanto unanimidad, pero el término se presta a equívocos y ambiguidades en un ejercicio de dominación política y ocultación ideológica sobre las causas estructurales de las desigualdades sociales. También el concepto de economía social y solidaria se puede prestar a equívocos y ambiguidades, designadamente no debe servir para asumir cualquier sentimento de responsabilidad y/o culpa individual ante las injusticias envolventes y (re)producidas por la economía y sistema dominante. En todo caso, como los processos de concientización y tranformación social exigen diversos prerequistos (condiciones objetivas de vida, percepción de injusticia, organización, liderazgo y ideologia/utopia, entre otras), la economía social y solidaria, además de contributos para minorar las situaciones extremas de pobreza y exclusión social, debe servir de ‘contrapunto’ realista-utópico y de alavanca a la mobilización de los ciudadanos explotados y/o oprimidos y la transformación de la sociedad. Es este el sentido en lo cual se emarcan diversos teóricos de la economía social y solidaria como Laville (2009), Estivill (2009), Amaro (2004), Hespanha (2011). El modelo de desarrollo a potenciar debrá ser el territorialista y/o de desarrollo local rural y urbano, el cual, aunque con objetivos limitados por constreñimientos externos, sea capaz de potenciar recursos endógenos e implementar una estrategia de mobilización de bajo hacia arriba.

No obstante el modelo de crecimiento neoliberal se presentar como ejemplar para los países dichos subadesarrollados siguiendo las fases propuestas por Rostow (1960), se ha constatado el fallo deste modelo de crecimiento (neo)liberal en el sentido de no obtener equidad social sino de agravar las injusticias sociales. Por su vez, no obstante los avances de la socialdemocracia reformista en los 30 gloriosos años después de la segunda guerra mundial, estamos hoy confrontados con la acomodación de la actual social-democracia y su inoperancia en la regulación del capital y sobretodo el aumento de desigualdades sociales. En el polo opuesto la radicalidad de las tradicionales propuestas marxistas no logra la mobilización social y electoral de la mayor parte de los ciudadanos más desprovidos, verificandose, por el contrario, una creciente adesión a programas y propuestas de una extrema derecha xenófoba y racista en diversos países europeos. Restará, a la par de los movimentos sociales designadamente sindicales, territoriales, ambientales, étnicos y de género, la promoción de las iniciativas de la economía social y solidaria originarias de segmentos desprovidos de la sociedad.

Referencias bibliográficas :

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